No soy católico, pero era domingo. Día del Señor… del señor que me sirvió un pedazo de barraquito a las 8:30h. Gilberto, para ser más concreto. El bocadillo que acompañaba, obra maestra de Mary. Llegados a este punto, se estarán preguntando cuál es el nombre de la «iglesia»… Bar Travesía, en el barrio de San José. No soy de beber alcohol, pero en este caso se trataba de santiguarse con un «barraquito con todo»; de esos que levantas el vaso en peso, le aplicas un movimiento circular de muñeca y ves cómo las diferentes capas (leche condensada, café, leche natural, licor y espuma) flotan separadas de forma hipnótica. La cáscara de limón y la canela en polvo son meros —y necesarios— invitados al espectáculo.
Terminó mi particular misa. Así que les dejé mi «colecta» a Mary y Gilberto y me propuse seguir caminando un poco por el barrio para, por un lado bajar las calorías ingeridas y, por otro, hacer unas cuantas fotos. El día estaba espectacular. Era uno de esos días que te recuerdan el increíble color de las cosas. Los árboles lucían más verdes, el cielo y el mar más azules, los geranios más rojos, el piche más negro. Piche que abandoné en el momento que llegué a Finca Amado y me adentré en el Bosque Termófilo. Un pequeño rincón de descanso, donde sin duda volveré con un libro en la mochila la próxima vez.

Bosque Termófilo (Breña Baja)
Después de media hora aquí, tomé contacto con el asfalto de nuevo y volví hacia San José. A mi móvil le quedaba un 1% de batería. Tenía que llegar al coche —lo tenía aparcado por la parte trasera del Ayuntamiento— para conseguir cargarlo con el cargador de mechero y así poder llamar a mi casa y preguntar si querían que comprara pan antes de subir. Casualidad, pero el móvil se me apagó justo llegando a la altura del Bar Travesía. «¿Será un mensaje del Señor en plan castigo por haberme santiguado con un barraquito?» —me pregunté—. Seguí caminando. Cuatrocientos metros más tarde, una señora que venía de frente, me paró y me preguntó por la hora. «Voy a misa y no sé si llego tarde» —me comentó—. Nunca llevo reloj de muñeca y el móvil sin batería… en ese momento giré la cabeza buscando un reloj en la iglesia antigua de San José, pero allí no había. Fue entonces cuando, girando mi cabeza unos grados más, descubrí que «el día espectacular» estaba tan espectacular que, a parte de darle más vida a los colores, también se había esmerado en aumentar la visibilidad. Se me apareció San Antonio y le pude decir a la señora que eran las 11:13h.
Después de aquel milagro, volví a coincidir con la señora. A eso de las 12:43h nos «dimos fraternalmente la paz» en misa. El móvil seguía apagado y… en mi casa… esperando por «el pan nuestro de cada día».